Jugarretas del subconsciente

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De pronto me paré delante del estante de las cremas en la droguería. Había unos botes que me llamaron la atención y que irremediablemente me llevaron a acordarme de ella; y pensé, “su cumpleaños está cerca, le podrían gustar”. Sin embargo, tras ese instante, algo dentro de mí se despertó y llamó a golpes a mi despistado subconsciente, susurrando en voz baja: “¿pero qué estás diciendo? las cenizas no usan crema”.

Me dio un vuelco el corazón. Por un momento olvidé que ella ya no estaba entre nosotros y creí que en mi próximo viaje a la tierra que me vio nacer ella estaría allí, como siempre, en su sillón, con su sonrisa, y sus fuerzas inquebrantables. Pero esto ya no es posible en un mundo real, y al igual que ocurre con ella, estos “pequeños lapsus de memoria momentánea” me han ocurrido con muchas otras personas; con aquellas a las que quería en mi vida para siempre, pero que por ley natural y por injusticias del mundo esto no ha sido posible.

Este suceso me dio que pensar. No sabía si sentirme bien o mal por lo que acababa de ocurrir. ¿Acaso me había olvidado de la pena, la tristeza… que un día sentimos por esas pérdidas? ¿Acaso parecía como si no hubiera ocurrido nada y yo no era consciente de ello? ¿Por qué ocurren estas cosas? No creo que se deba a una cuestión de olvido, pero quizá sí de pasar página. Nos guste o no, no queda otra que seguir viviendo a pesar de los reveses del camino, y aunque guardados en un rincón, si no apartamos ciertos recuerdos, pueden impedirnos el seguir adelante. Pero esas páginas siguen ahí, y se releerán cuantas veces sean necesarias. Como me ocurrió a mí.

El hecho de asumir me hizo que en una situación cotidiana, en una tarde de diario, mi mente me jugara una mala pasada. Por un momento confundí la realidad, pero son tan breves esos instantes que no podemos hablar de olvido, como comentaba antes, sino de jugarretas del subconsciente por no querer asumir lo que ya no tiene solución. Por querer seguir pensando que es posible, que aún puedo hacerle regalos de cumpleaños, que aún me la puedo encontrar por la calle, o degustar uno de sus platos estrella.

Supongo que más que sentirnos mal por creer haber olvidado algo tan importante, la sensación que deberíamos tener ante estas situaciones es cierta… alegría. Sí, alegría, por saber que esas personas siguen formando parte de tu vida. Que la falta de presencia física no significa que se hayan ido de este mundo, de TÚ mundo; ese que construyes con tu día a día, pero también con tus recuerdos, con los buenos momentos junto a las personas queridas, y eso por suerte, nada ni nadie te lo quita.

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Di que sí

Di sí a una escapada de última hora, porque en esos viajes son en los que se viven cosas que nunca pensarías que te pudiesen ocurrir a ti. Di sí a un viaje en coche de más de diez horas; que a pesar de que se te quede el culo cuadrado, esos kilómetros tienen mucho que ofrecer. Di sí a recorrer el mundo en bicicleta y a dormir al raso en medio de la nada, que un cielo estrellado no es comparable a cualquier cosa. Di sí a unas vacaciones en invierno y di sí a viajar solo, que pronto te darás cuenta de que no lo estás tanto, y de que hay veces que la mejor compañía es la de uno mismo.

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Di sí a las noches no planeadas y a los planes que sabes cuando empiezan pero no cuando acaban, porque estas son las historias que un día contarás a tus nietos. Di sí a salir un día de diario aún teniendo reunión a primera hora de la mañana, no hay nada que un buen chute de cafeína y una ducha de agua fría no puedan solucionar. Di sí a tres noches seguidas sin dormir, ya habrá tiempo para hacerlo. Di sí a empalmar una borrachera con otra (la resaca al final será una sola).

Di sí a proyectos que te asustan y di sí a responsabilidades que te superan; solo poniéndote al límite a ti mismo te darás cuenta de que aún puedes llegar un poquito más allá. Di sí a ser el que se coma todos los marrones, que al final la recompensa llegará de alguna forma, seguro. Di sí a cambiar de trabajo, porque la seguridad de un puesto no merece la pena si no es en el lugar en el que soñaste algún día.

Di sí a aprender un idioma que de poco sirve pero que siempre te ha llamado la atención, di sí a estudiar una carrera sin salidas pero que te apasiona.

Di que sí a subirte a la mesa del restaurante y cantarle el cumpleaños feliz a esa persona que te importa. Di sí a salir disfrazo a la calle y que tú seas el único centro de atención. Di sí a declararte delante de miles de personas y cuélgalo en las redes sociales. Di sí a hacer cualquier locura, algo de lo más vergonzoso, di sí a reírte de ti mismo.

Di sí a echarle un pulso a las alturas y móntate en globo, vuela en paracaídas y sube a todas las montañas rusas. Di sí a tirarte por un puente (con arnés) gritando “allá vooooy” y con los ojos bien abiertos, porque ese momento será para recordarlo.

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Di sí a vivir momentos inolvidables, di sí a experiencias que quedarán en el recuerdo. Di sí a cometer errores, a llorar por haberte equivocado y di sí a hacer aquello de lo que te puedas arrepentir (pero que habrá valido la pena).

Di sí a lo gratis, a lo caro y a lo barato.

Di sí a soñar.

Di que sí, que para decir no siempre hay tiempo.

Déjame en paz

Otra vez tú por aquí. Nadie te ha hecho llamar. O quizás sí. ¿Quién fue esta vez? ¿El temor al fracaso, el recibir un no por respuesta, o peor aún, el miedo a equivocarte? Ahora no te hagas la escurridiza, sé que nunca has tenido nada claro – eso es lo que te define – pero es hora de que pongas las cartas sobre la mesa. Sí tú, indecisión, te hablo a ti, a la que le gusta juntarse con la conformidad, con el “oídos sordos”, y con la resignación. Crees que esas son las mejores amistades que puedes tener, que con ellas todo será fácil y tranquilo, porque tú de compromiso, responsabilidad y riesgo no quieres oír hablar.

Tu lugar favorito es eso que llaman zona de confort, esa en la que llega un momento que nada te aporta, pero como eres incapaz de juntarte a la determinación, de saber si tirar hacia un lado o hacia el otro, ahí te quedas, creyendo que tus actos, o la falta de ellos para ser más exactos, no tendrán consecuencias. No quieres hacer nada por cambiar las cosas, pero cada vez te gusta más estar presente y por más tiempo; y lo peor de todo es que crees que con tu actitud no perjudicas a nadie, porque no atraes a lo bueno, pero tampoco lo malo.

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Por no saber, no sabes ni lo que, cada vez más intensamente, te hace aparecer en escena. Pero yo sí. ¿Conoces al miedo o la cobardía? Crees que esos juegan en otra liga, que tus aliados pasividad y conformismo hacen que éstos estén muy fuera de tu ambiente, pero son la razón de tu existencia. Sin darte cuenta les estás dando un triunfo mayor del que merecen y claramente se están llevando tu protagonismo. Te han ganado la partida. Una vez más.

Sigue justificándote y buscando una razón barata a tu falta de agallas, pero lo cierto es que esa razón no es más que el miedo, y lo lejos que estás del atrevimiento lo que te hace hoy estar aquí. No deberías tener un papel importante en la vida. Estamos de acuerdo en que tu existencia es a veces inevitable, pero no es aceptable que lo hagas porque la inseguridad sea más fuerte que tú, y consiga que la confianza y las ganas de luchar por un ideal brillen por su ausencia.

Nunca le has dado una oportunidad al riesgo, tus amigas las dudas te tienen tan abducida que jamás te has planteado que haya algo bueno más allá de lo que ya está escrito. Te asusta lo nuevo, el no ver lo que hay al final del camino llama a la puerta de tu querida compañera de viaje llamada angustia, lo que hace que nunca conozcas al triunfo, la sensación de haber hecho algo bien o al propio orgullo de haber sabido vencer al miedo.

Indecisión, eres como un columpio en el que lo niños se suben para disfrutar durante cinco minutos de un viaje que parece que va y viene del pasado al futuro, pero que siempre acaba en el mismo lugar. No has dado un paso atrás, pero tampoco uno al frente. Te quedas estancada, sin ser consciente que lo que está por venir puede ser lo que despeje tus dudas, esas a las que crees amigas, pero que son la peor de las compañías.

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Libérate y deja de aparecer cada dos por tres. Hazles frente a tus enemigos, demuestra que puedes cambiar, que no quieres vivir siendo vecina de la ansiedad, de la desconfianza o la incertidumbre. Júntate con el “merece la pena intentarlo”, con el “no hay nada que perder” y con el “¿y por qué no?”.

Opta por nuevos caminos, vive nuevas experiencias y al final acabarás encontrándote con lo que todo el mundo quiere, incluso tú. Elige la ruta larga pero soleada, la que te hace ir de la mano del esfuerzo y el trabajo duro, porque así es como alcanzarás esa meta de la que hablo. Así es como conocerás la felicidad.

Pd: y de paso, a mi me dejas un poco en paz.

Puertas

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Un día esa puerta se abrió. Estaba cerrada con cerrojo, pero éste se abría con una llave, y aunque escondida, ahí estaba; solo hacía falta tener un poco de fe, confianza en que se podía encontrar y ganas de dar con ella. La búsqueda podría llevar un poco de tiempo, pero se podía llegar a abrir; y con buenas sensaciones por haber hecho bien el trabajo, sin tratar de conseguir el fin por otros métodos que podían llevarte de lleno al vacío.

Una vez abierta, tras la puerta se abría un amplio claro, lleno de ilusión, de nuevos proyectos, de cosas de las que aprender. Empezaba un camino largo que pronto se haría demasiado corto. Un camino rodeado de buenas vistas, que hacían de lo más amena y confortable la caminata.

Cuando aparecen lugares así, uno no quiere salir de ellos. Se puede caminar y caminar sin sentir en ningún momento la necesidad de correr. Pero antes o después, todas las etapas acaban. Y esta tenía fecha de caducidad. Ser conscientes de ello parece una ventaja a la hora de asumir el fin. Y puede serlo, porque ya desde un principio se asimila que en algún momento llegará el desenlace, pero aún así, cuando ese instante es real, cuando deja de ser un futuro ciertamente cercano para pasar a un presente, todo cambia.

Ahora ya sí que se ha terminado. La puerta que un día se abrió con esfuerzo y que dio paso a un camino largo y excitante, resulta tener otra puerta al final de su existencia a la que echarle el cerrojo. Igual otras llaves vendrán a abrirla, pero esa que la abrió meses atrás ya no sirve.

Está cerrada. Over. No hay vuelta atrás. Quedarse con lo bueno y no lamentarse de lo que se ha dejado atrás. Es lo que toca. Unas puertas se abren y otras se cierran. Y esta se ha cerrado. La tentación de quedarse mirándola es grande, porque trae buenos recuerdos, buenas sensaciones de un trabajo bien hecho, pero también es estancarse, aferrarse a un recuerdo melancólico que sólo se quedará en eso, un recuerdo.

¿Ahora qué? El primer paso era asumirlo, y con menos o mayor convencimiento, hecho está. No más miradas al pasado, tampoco es momento de lamentaciones, por trabajo que cueste asumirlo hay que mirar hacia delante, toca dar el segundo paso: buscar nuevas puertas, con nuevos cerrojos y llaves que las abran.

Tras ellas se mostrarán otros caminos, igual de buenos y confortables, o quizá un poco más oscuros y empedrados.  ¿Qué más da? Para eso no es el momento. Todo a su tiempo. Sólo busquemos la puerta abierta.

La sensación

¿Conoces esa sensación de encontrarte entre la espada y la pared y no saber hacia dónde tirar para no salir malherida?

¿Conoces esa sensación en la que tienes que decir si o si no, sin peros que valgan, sin matices que suavicen las cosas o sin márgenes de error que hagan, en caso de que haya caída, que el golpe sea menos doloroso?

¿Conoces esa sensación en la que te sientes importante porque todo el mundo apuesta por ti pero resulta que no es porque quieren lo mejor para ti, sino lo mejor para ellos, que eres tú, y luchan contra viento y marea para que te quedes a su lado, te muestran los mejores argumentos para que te des cuenta que en ellos está la solución, pero nadie te ha enseñado la red que hay debajo de la cuerda de equilibrio, ni cuánto de fuerte es esa cuerda a la que te debes subir?

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¿Conoces esa sensación de no tener tiempo para pensar pero tienes que dar una respuesta incluso antes de que te la hayan formulado, porque el tiempo apremia y es ahora o nunca, porque el tren se para, pero no espera a los rezagados que dejaron la compra del billete para el último momento?

¿Conoces esa sensación en la que no sabes si estás tomando la decisión de tu vida, la que te llevará al éxito, o te estás metiendo en la boca del lobo y más rápido o más lentamente te acabará devorando?

¿Conoces esa sensación de querer gritar hasta quedarte sin cuerdas vocales, de querer llorar hasta haber llenado tres veces el océano atlántico, y de arrancarte ese nudo que te aprieta en el estómago hasta tal punto que no te deja respirar?

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¿Conoces esa sensación en la que crees que tu alrededor te dará la clave para ver la luz al final del túnel, pero sin embargo solo te ofrecen una llave que abrirá una caja de pandora de la que cualquier cosa puede salir? ¿Conoces esa sensación de querer hablar con todos y a la vez con nadie porque no sabes cuáles puedan ser las consecuencias de todo lo que escuches?

¿Conoces esa sensación de creer que la almohada será tu mayor confidente, la que de una vez por todas, al final de un día duro de idas y venidas, será quien te muestre lo que quieres ver; sin embargo resulta ser la culpable de una noche llena de pesadillas confusas, que se hacen tan reales, que te llevan a no querer volver a cerrar los ojos?

¿Conoces esa sensación de tener tomada la decisión, de convencerte de que no hay que dar más vueltas al rodeo, que el rojo es tu apuesta ganadora; y de pronto, por razones del destino, la mala suerte, la puñetera vida o simplemente porque tenía que pasar, vuelves al punto de partida y sólo quieres cambiar al negro medio segundo antes de que la bola comience su andadura por la ruleta?

¿Conoces esa sensación de estar harta, de creer ser una desgraciada cuando en verdad te están dando una buena oportunidad, o varias, y sólo tienes que decantarte por lo que quieres?

¿Conoces esa sensación de no saber si seguir a la razón o al corazón?

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¿La conoces?

Pues es una mierda.

Soy feliz

Soy feliz porque no puedo permitirme el lujo de remolonear mucho en la cama. Soy feliz porque los fines de semana no existen para mí. Soy feliz porque me cuesta encontrar tiempo para ver a mis amigos. Soy feliz porque me toca comer a horas intempestivas todos los días.

Soy feliz porque no puedo tirarme en el sillón el fin de semana después de comer. Y soy feliz porque tampoco tengo tiempo para ver una película de sobremesa de Antena 3. Soy feliz porque voy corriendo a todos lados. Soy feliz porque cada vez que salgo de noche, al día siguiente (más bien unas horas después) me arrepiento de haberlo hecho.

Soy feliz por tener que aguantar a pesados que no saben lo que quieren. Soy feliz por tener que subir y bajar escaleras una media de 100 veces al día. Soy feliz por tener que decir lo mismo una y otra vez; y de buenas maneras. Soy feliz por tener que poner una bonita sonrisa aunque lo que me apetezca sea gritar.

Soy feliz por tener que darlo todo a cambio de poco. Soy feliz porque tengo que ir todos los días cargada como una mula (y mi espalda algún día se lamentará). Soy feliz por no saber nunca cuáles serán mis horarios. Soy feliz porque me paso el día adaptándome a los demás.

Soy feliz porque no puedo hacer todos los planes que me proponen…

Soy feliz porque tengo un motivo por el que levantarme cada mañana.

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Creer o no creer

La suerte, y la mala suerte, es algo con lo que hay que vivir; siempre estarán ahí. Para salvarnos de un problema o para meternos de lleno en otro. Para conseguir aquello que parecía imposible y para que nunca lleguemos a lograr lo que con tanto empeño buscábamos. Juegan un papel en nuestras vidas y dicen que a unos siempre les acompaña más una, mientras a los otros les ha tocado la desgracia de cargar con la otra.

Yo, nunca he querido creer en la suerte, ni en la negativa ni en la positiva. Para mí las cosas suceden por un motivo, y siempre he pensado que lo bueno o malo que nos pase se debe a nuestros actos, y no a una cuestión de suerte. Lo valiente, honorable, atrevido… tiene su recompensa; el no hacer nada, sentarse a esperar, no arriesgar… solo nos lleva a un final indeseado.

Dejar las cosas en manos de la suerte me parece la forma más fácil de evitar un problema. De escurrir el bulto. Es algo a lo que poder echarle la culpa sin sentirse mal porque alguien vaya a salir perjudicado. Es un plan perfecto: “fue la suerte, y contra eso poco se podía hacer”. ¿En serio?

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Reconozco que no podemos controlarlo todo. Que si algún día alguien inventó las palabras, valga la redundancia, suerte, azar, casualidad, destino… será porque tienen un papel que realizar en este mundo, pero tampoco les demos una responsabilidad que no les corresponde. Frente a ellas existen otros términos que las desbancan en muchas ocasiones; como sacrificio, trabajo, compromiso… que también tienen un rol, y que aunque a algunos les cueste darles su valor merecido, cuando se imponen lo hacen con fuerza, y hasta con la cabeza bien alta.

Que la suerte (o mala suerte) existen nos ha quedado claro. La RAE lo contempla como un término con su significado y todo, y si lo dicen ellos, no soy quién para decir lo contrario. Pero como yo no quiero creer en ella, soy de las que asegura que, al menos, para tenerla, hay que buscarla. Y eso requiere un esfuerzo. A veces tal que ya poco sentido tiene decir que fue cuestión de suerte, porque habrá otros motivos de peso que te llevaron a conseguir aquello que deseabas, y por tanto, la suerte no te la encontraste por el camino, te la ganaste con creces. Estaba escondida sí, pero ahí estabas tú para encontrarla.

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Entonces tú, ¿crees o no crees en la suerte?

Bienvenida

Eres imprevisible. Unas veces llegas pisando fuerte y otras de forma tan sutil que eres inapreciable. Te gusta hacer visitas breves antes de tiempo, para avisar de que un día llegarás para quedarte. A pocos les gusta este comportamiento tuyo de dejarnos con la miel en los labios y quitárnosla cuando estamos a punto de tragarla, pero te conocemos y ya nos hemos acostumbrado a ello.

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Te gustan los cambios. Eres como un largo puente que nos permite dejar atrás una época poco querida para llegar a la más deseada. Durante el camino puede pasar de todo, pero saber que lo bueno está por venir hacen más llevaderos esos… digamos que… cambios de humor tuyos. No me mires así porque es verdad. Una mañana nos ciega el sol por tu culpa mientras otras llegamos empapados a casa porque a las nubes les ha dado por revolucionarse. Sabemos que esta es la época en la que tocan las lluvias, pero esa agradable temperatura tuya que te calienta pero no abrasa, y ese sol brillante sobre un cielo limpio y azul es demasiado bonito para que se estropee con nubarrones negros. Entiéndelo.

Estás llena de colores. Para mí, los almendros en flor son tu seña de identidad para decir que estás aquí, pero son todos esos tonos vivos con los que decoras los jardines los que demuestran que tienes poder de traer alegría a través de las flores. Claro que no todos están tan contentos con esta faceta tuya, ya que para muchos supone la llegada de los estornudos y los ojos llorosos. Mientras unos te adoramos, para otros eres toda una pesadilla, pero es que no se puede contentar a todo el mundo…

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Eres motivo de celebración. Contigo comienza la temporada de fiestas “BBC”, bodas, bautizos y comuniones; esos compromisos que tenemos casi todos los años y que difícilmente podemos escaquearnos de ellos. También están las graduaciones, y todo tipo de actos en los que hay que ponerse mona, con lo que también eres la excusa perfecta para renovar el armario. En este momento ya te atreves a ponerte colores vivos sin miedo a ir desentonando y los estampados vuelven a ser protagonistas del 50% de tu armario.

La sangre alteras. Ésta es tu especialidad, así lo dice el refrán. Los jóvenes y no tan jóvenes tienen las hormonas alborotadas y el amor se ve en cada esquina. Al igual que en este época se consolidan muchos amores que prometen ser para siempre, es el momento ideal para empezar nuevas aventuras. No importa que no lleguen a verano.

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Apuestan por ti. Las marcas de moda invierten grandes cantidades de dinero en tu llegada porque confían en que merece la pena. No importa que este año te estés haciendo la remolona. Antes o después lo bueno estará aquí.

Bienvenida primavera.

St Patrick’s Day

Los edificios se tiñen de verde. Las calles se llenan de gente celebrando y disfrutando de la oferta cultural. Los pubs no paran de servir cerveza negra y no es raro ver duendes y gente disfrazada por cualquier lugar.

Es Saint Patrick’s day, una fiesta que pasó bastante desapercibida por mi vida hasta hace un año. Desde entonces, hoy pienso en verde (pero no porque sea fan de la Heineken). Hoy pienso en mi isla esmeralda, en la que hace 365 celebraba su fiesta por excelencia acompañada de amigos nuevos, viviendo nuevas experiencias, y si, bebiendo cerveza Guinnes.

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Son muchos los recuerdos que me trae este día, y no sólo por esas fiestas, sino que una vez más, vuelven a mi memoria los meses pasados en esa isla, donde  la vida me enseñó muchas más cosas que a celebrar días nacionales. Hoy se mezclan la felicidad y la nostalgia al recordar días pasados. Días de esos que siempre recuerdas como buenos, aunque en algún momento también tuvieran algún capítulo malo.

Hoy toca celebrarlo en Madrid. La cerveza no sabe igual, y la compañía será distinta, pero estoy convencida de que allá donde estén todos aquellos con los que me crucé ese fin de semana un año atrás harán lo mismo que yo, y sentirán que una vez más están en Dublín (puede que algunos afortunados sigan por allí). Al menos yo, no dudo que por un momento creeré estar en un auténtico pub irlandés (y no de Temple Bar), con música en directo y rodeada de gente cálida y risueña que quiere celebrar sus fiestas.

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Hoy es día de celebración, de vestirse de verde y de creer en la buena suerte. Hoy es día de pasármelo bien recordando buenos momentos.

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Happy St Patrick’s day!

“Me caso”

Alguien anuncia que se casa. En el siglo XXI, esto ya empieza a ser un poco raro y si encima es antes de los treinta las reacciones de los receptores de la noticia pueden ser múltiples. No sé cómo un tío dice a sus amigos que se va a casar – yo imagino que igual hacen un minuto de silencio por la pérdida o le empiezan a tirar bolitas de papel como se hacía con el “pringao” del cole (¡ay qué lástima!) – pero sí sé cómo reacciona un grupo de amigas cuando una de ellas anuncia su compromiso.

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Lo primero de todo, suena un grito desesperado similar al de 20.000 teenagers viendo en concierto a los One Direction, o en su defecto, el grupo de Whatsapp se llena de iconos de todo tipo para expresar la emoción del momento. Pero una vez que la bomba a explotado y las salpicadas por ella vuelven a pisar suelo firme, las reacciones son múltiples.

Porque un grupo de amigas está formado por chicas cada una de su padre y de su madre, no se toman igual que una amiga se case, y por ello, aquí va una selección de los distintos tipos de amigas y sus reacciones:

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Amiga correcta. Es esa amiga que para todo es políticamente correcta, da la enhorabuena como debe ser y no se mete en los asuntos de nadie. Si la decisión de su amiga es casarse, ella le apoyará sin opinar y estará ahí para lo que necesite.

Amiga negativa. “Tú estás loca, tú estás loca…”, así lo repite una y otra vez cada vez que te ve. Ella es más de razonar y pensar las cosas dos veces, con lo que trata de ametrallar a su amiga con miles de preguntas tales como ¿estás segura?, ¿crees que le conoces bien?, ¿y si luego se vuelve de esos maridos barrigones que te piden que le lleves la cerveza mientras ellos no despegan el culo del sillón para ver el fútbol?

Amiga “¡ay me muero del amor!”. Esta chica tiene novio, es feliz pero aún no se ha planteado pasar por el altar. Ahora bien, se conoce todos los blog y revistas de novias que se llevan hoy día, sigue en Instagram a todas las it girl que han pasado por la vicaría y ha comentado todos y cada uno de los vestidos de dichas novias. Por supuesto, hace conocedoras de todas estas noticias a sus amigas mientras se le dibujan corazones en los ojos como al icono de Whatsapp. En definitiva, es una romántica empedernida y está encantada de que su amiga se case.

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Amiga inconsciente. A esta le gusta un sarao más que a un niño un caramelo, con lo que no piensa mucho en el paso que va a dar su amiga, sino en cómo se va a celebrar todo eso. Ya está mirando vuelos y hoteles baratos para la despedida de soltera y no puede esperar a vaciar la barra libre mientras conoce a todos los amigos del novio.

La amiga. Es esa amiga con la que la novia no puede prescindir. Con las reacciones de todas las demás ella no ha podido decir mucho, pero será la que vaya a por las flores si la novia no puede, la que la acompañará a todas las pruebas del vestido y la que escuchará a “la futura de” a las dos de la mañana del día antes de la boda porque es cuando entran las dudas.

¿Me he dejado alguna?