Déjame en paz

Otra vez tú por aquí. Nadie te ha hecho llamar. O quizás sí. ¿Quién fue esta vez? ¿El temor al fracaso, el recibir un no por respuesta, o peor aún, el miedo a equivocarte? Ahora no te hagas la escurridiza, sé que nunca has tenido nada claro – eso es lo que te define – pero es hora de que pongas las cartas sobre la mesa. Sí tú, indecisión, te hablo a ti, a la que le gusta juntarse con la conformidad, con el “oídos sordos”, y con la resignación. Crees que esas son las mejores amistades que puedes tener, que con ellas todo será fácil y tranquilo, porque tú de compromiso, responsabilidad y riesgo no quieres oír hablar.

Tu lugar favorito es eso que llaman zona de confort, esa en la que llega un momento que nada te aporta, pero como eres incapaz de juntarte a la determinación, de saber si tirar hacia un lado o hacia el otro, ahí te quedas, creyendo que tus actos, o la falta de ellos para ser más exactos, no tendrán consecuencias. No quieres hacer nada por cambiar las cosas, pero cada vez te gusta más estar presente y por más tiempo; y lo peor de todo es que crees que con tu actitud no perjudicas a nadie, porque no atraes a lo bueno, pero tampoco lo malo.

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Por no saber, no sabes ni lo que, cada vez más intensamente, te hace aparecer en escena. Pero yo sí. ¿Conoces al miedo o la cobardía? Crees que esos juegan en otra liga, que tus aliados pasividad y conformismo hacen que éstos estén muy fuera de tu ambiente, pero son la razón de tu existencia. Sin darte cuenta les estás dando un triunfo mayor del que merecen y claramente se están llevando tu protagonismo. Te han ganado la partida. Una vez más.

Sigue justificándote y buscando una razón barata a tu falta de agallas, pero lo cierto es que esa razón no es más que el miedo, y lo lejos que estás del atrevimiento lo que te hace hoy estar aquí. No deberías tener un papel importante en la vida. Estamos de acuerdo en que tu existencia es a veces inevitable, pero no es aceptable que lo hagas porque la inseguridad sea más fuerte que tú, y consiga que la confianza y las ganas de luchar por un ideal brillen por su ausencia.

Nunca le has dado una oportunidad al riesgo, tus amigas las dudas te tienen tan abducida que jamás te has planteado que haya algo bueno más allá de lo que ya está escrito. Te asusta lo nuevo, el no ver lo que hay al final del camino llama a la puerta de tu querida compañera de viaje llamada angustia, lo que hace que nunca conozcas al triunfo, la sensación de haber hecho algo bien o al propio orgullo de haber sabido vencer al miedo.

Indecisión, eres como un columpio en el que lo niños se suben para disfrutar durante cinco minutos de un viaje que parece que va y viene del pasado al futuro, pero que siempre acaba en el mismo lugar. No has dado un paso atrás, pero tampoco uno al frente. Te quedas estancada, sin ser consciente que lo que está por venir puede ser lo que despeje tus dudas, esas a las que crees amigas, pero que son la peor de las compañías.

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Libérate y deja de aparecer cada dos por tres. Hazles frente a tus enemigos, demuestra que puedes cambiar, que no quieres vivir siendo vecina de la ansiedad, de la desconfianza o la incertidumbre. Júntate con el “merece la pena intentarlo”, con el “no hay nada que perder” y con el “¿y por qué no?”.

Opta por nuevos caminos, vive nuevas experiencias y al final acabarás encontrándote con lo que todo el mundo quiere, incluso tú. Elige la ruta larga pero soleada, la que te hace ir de la mano del esfuerzo y el trabajo duro, porque así es como alcanzarás esa meta de la que hablo. Así es como conocerás la felicidad.

Pd: y de paso, a mi me dejas un poco en paz.

Puertas

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Un día esa puerta se abrió. Estaba cerrada con cerrojo, pero éste se abría con una llave, y aunque escondida, ahí estaba; solo hacía falta tener un poco de fe, confianza en que se podía encontrar y ganas de dar con ella. La búsqueda podría llevar un poco de tiempo, pero se podía llegar a abrir; y con buenas sensaciones por haber hecho bien el trabajo, sin tratar de conseguir el fin por otros métodos que podían llevarte de lleno al vacío.

Una vez abierta, tras la puerta se abría un amplio claro, lleno de ilusión, de nuevos proyectos, de cosas de las que aprender. Empezaba un camino largo que pronto se haría demasiado corto. Un camino rodeado de buenas vistas, que hacían de lo más amena y confortable la caminata.

Cuando aparecen lugares así, uno no quiere salir de ellos. Se puede caminar y caminar sin sentir en ningún momento la necesidad de correr. Pero antes o después, todas las etapas acaban. Y esta tenía fecha de caducidad. Ser conscientes de ello parece una ventaja a la hora de asumir el fin. Y puede serlo, porque ya desde un principio se asimila que en algún momento llegará el desenlace, pero aún así, cuando ese instante es real, cuando deja de ser un futuro ciertamente cercano para pasar a un presente, todo cambia.

Ahora ya sí que se ha terminado. La puerta que un día se abrió con esfuerzo y que dio paso a un camino largo y excitante, resulta tener otra puerta al final de su existencia a la que echarle el cerrojo. Igual otras llaves vendrán a abrirla, pero esa que la abrió meses atrás ya no sirve.

Está cerrada. Over. No hay vuelta atrás. Quedarse con lo bueno y no lamentarse de lo que se ha dejado atrás. Es lo que toca. Unas puertas se abren y otras se cierran. Y esta se ha cerrado. La tentación de quedarse mirándola es grande, porque trae buenos recuerdos, buenas sensaciones de un trabajo bien hecho, pero también es estancarse, aferrarse a un recuerdo melancólico que sólo se quedará en eso, un recuerdo.

¿Ahora qué? El primer paso era asumirlo, y con menos o mayor convencimiento, hecho está. No más miradas al pasado, tampoco es momento de lamentaciones, por trabajo que cueste asumirlo hay que mirar hacia delante, toca dar el segundo paso: buscar nuevas puertas, con nuevos cerrojos y llaves que las abran.

Tras ellas se mostrarán otros caminos, igual de buenos y confortables, o quizá un poco más oscuros y empedrados.  ¿Qué más da? Para eso no es el momento. Todo a su tiempo. Sólo busquemos la puerta abierta.

La sensación

¿Conoces esa sensación de encontrarte entre la espada y la pared y no saber hacia dónde tirar para no salir malherida?

¿Conoces esa sensación en la que tienes que decir si o si no, sin peros que valgan, sin matices que suavicen las cosas o sin márgenes de error que hagan, en caso de que haya caída, que el golpe sea menos doloroso?

¿Conoces esa sensación en la que te sientes importante porque todo el mundo apuesta por ti pero resulta que no es porque quieren lo mejor para ti, sino lo mejor para ellos, que eres tú, y luchan contra viento y marea para que te quedes a su lado, te muestran los mejores argumentos para que te des cuenta que en ellos está la solución, pero nadie te ha enseñado la red que hay debajo de la cuerda de equilibrio, ni cuánto de fuerte es esa cuerda a la que te debes subir?

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¿Conoces esa sensación de no tener tiempo para pensar pero tienes que dar una respuesta incluso antes de que te la hayan formulado, porque el tiempo apremia y es ahora o nunca, porque el tren se para, pero no espera a los rezagados que dejaron la compra del billete para el último momento?

¿Conoces esa sensación en la que no sabes si estás tomando la decisión de tu vida, la que te llevará al éxito, o te estás metiendo en la boca del lobo y más rápido o más lentamente te acabará devorando?

¿Conoces esa sensación de querer gritar hasta quedarte sin cuerdas vocales, de querer llorar hasta haber llenado tres veces el océano atlántico, y de arrancarte ese nudo que te aprieta en el estómago hasta tal punto que no te deja respirar?

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¿Conoces esa sensación en la que crees que tu alrededor te dará la clave para ver la luz al final del túnel, pero sin embargo solo te ofrecen una llave que abrirá una caja de pandora de la que cualquier cosa puede salir? ¿Conoces esa sensación de querer hablar con todos y a la vez con nadie porque no sabes cuáles puedan ser las consecuencias de todo lo que escuches?

¿Conoces esa sensación de creer que la almohada será tu mayor confidente, la que de una vez por todas, al final de un día duro de idas y venidas, será quien te muestre lo que quieres ver; sin embargo resulta ser la culpable de una noche llena de pesadillas confusas, que se hacen tan reales, que te llevan a no querer volver a cerrar los ojos?

¿Conoces esa sensación de tener tomada la decisión, de convencerte de que no hay que dar más vueltas al rodeo, que el rojo es tu apuesta ganadora; y de pronto, por razones del destino, la mala suerte, la puñetera vida o simplemente porque tenía que pasar, vuelves al punto de partida y sólo quieres cambiar al negro medio segundo antes de que la bola comience su andadura por la ruleta?

¿Conoces esa sensación de estar harta, de creer ser una desgraciada cuando en verdad te están dando una buena oportunidad, o varias, y sólo tienes que decantarte por lo que quieres?

¿Conoces esa sensación de no saber si seguir a la razón o al corazón?

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¿La conoces?

Pues es una mierda.