Ya no es lo mismo

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Unos hablan de las crisis de los tres años, otro de la de los siete, otros de la de los tres meses… qué más da, la cuestión es encontrar a la crisis un espacio en el tiempo. Algunos dicen que si superas ciertas cosas, quiere decir que esa relación dura para siempre, y otros ven de primeras que hay parejas que están destinadas al fracaso incluso antes de empezar. Qué de sabiduría hay por el mundo.

Tratamos de clasificar las relaciones en unos patrones para que cuando haya problemas, podamos encontrar, entre ellos, una solución a nuestras circunstancias personales. Pero luego se dice que cada relación es un mundo, entonces, ¿para qué catalogar nada? Por tanto, ¿sirve de algo fijarse en lo que le ocurrió a María con su novio, o cómo terminaron Carmen y Pablo, para que tú encuentres una respuesta a por qué lo tuyo con Víctor no salió bien?

No sólo nos empeñamos en clasificar las relaciones en distintos tipos, dependiendo de cómo son las personas que las componen, sino que también hablamos de etapas dentro de cada una. Primero la del tonteo, donde todavía no hay nada serio pero una chispa un poco más intensa de lo normal anuncia que eso puede acabar en fuegos artificiales. Poco a poco llega la del enamoramiento, esos meses en la que todo es maravilloso, todos los problemas tienen solución mientras haya amor y tú estás dispuesta a poner tu granito de arena para que todos piensen lo mismo. Después llega la parte en la que te das cuenta de que esto va en serio y que en tu vida ya no sólo estás tú, pero te sientes feliz con ello y ya no sabrías vivir sin esa otra mitad. Más adelante llegan las confianzas de más, las rutinas eternas, discusiones y reconciliaciones una vez al mes…. Y hasta aquí puedo leer.

*Nota: Los hay hasta que les ponen meses, semanas e incluso horas exactas de lo que duran todas estas fases. Yo mejor no me arriesgo.

Cuando en una relación todo va bien nadie se mete. De vez en cuando aparece alguien con el típico “mira que yo no apostaba ni un duro por ellos”, pero se les deja vivir su historia de amor con tranquilidad sin chismosos merodeando alrededor. Ahora bien, si el asunto se tuerce, hasta el panadero da su opinión. De pronto todos lo veían venir, notaban que algo no iba bien, pero ninguno fue capaz de enfrentar a su amigo/a para darle un consejo. Otros le dan vueltas y vueltas al asunto sin explicarse cómo ha podido pasar eso (¡a ellos no!) y otros empiezan a buscar respuestas en los motivos más absurdos y descalabrados que una mente humana puede llegar a imaginar.

Bla bla bla bla. Una ruptura o simple crisis “parejil” da para que un grupo de personas sea capaz de estar hablando durante una hora sin que nadie mire el móvil ni una sola vez. ¡Ahí es ná! Hasta los que pasan desapercibidos un día de cañas cualquiera, ese día descubres que puede decir más de tres frases seguidas. Todos entienden del tema: los que pasan de una pareja a otra sin respetar el tiempo de luto, los que nunca llegan a considerar a nadie pareja porque se cansan en la primera fase (ver más arriba), los que llevan con la misma persona desde que los chicos o las chicas no eran el sexo maligno, los que se enamoran de un gesto amable… TODOS opinan.

Pero cuando por fin te pones a escuchar a los únicos que les dieron vela en ese entierro, porque el amor que hoy muere es solo de ellos y nadie más, descubres que no tienen una explicación con fundamento como para llenar una novela de ficción. De pronto abren la boca y en menos de dos segundos sentencian con una frase: “ya no es lo mismo”.

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No importa la edad

Como cada tarde, cogí el tren para volver a casa. Conseguí sentarme en uno de los asientos que me gustan. Individual, mirando en la dirección del tren y pegado a la ventana. Por fin pude deshacerme de mis bultos y acomodarme para un nuevo viaje de vuelta a casa. Ese día alguien se sentó enfrente de mí; y dirás, bueno, una persona más, como cualquier pasajero con el que te encuentras en un tren (¡menuda novedad!); y así es, pero a mí me llamó la atención.

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Tenía edad para fardar de privilegio de abuela, pero sin duda era una mujer activa, completamente válida por sí misma y que por nada del mundo se consideraba mayor.

Yo estaba enfrascada en mi libro, pero no pude evitar ver lo que mi compañera de viaje estaba haciendo en ese momento. De su bolso sacó una caja que por su color rosado, forma, y tipografía que anunciaba el producto, todo apuntaba a que se trataba de algún cosmético, perfume o algo similar.

Cuando lo sacó de su envoltorio, una sonrisa se dibujó en mi cara, ya que de la caja apareció un tarro que me trasladó a la época en la que mi madre me curaba las heridas con ese líquido rojo intenso al que llamábamos mercromina. Éste era igual, más bien a mi me lo pareció así, pero claramente en su interior no contenía lo mismo.

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Me quedé extrañada unos minutos pensando qué era aquello, pero pronto se despejaron (relativamente) mis dudas. La mujer abrió el bote cogiendo una especie de cuentagotas el cual estaba impregnado de ese líquido que contuviera y empezó a esparcírselo por el cuello; más concretamente en la zona de la papada. Una vez aplicado dicho ungüento, procedió al siguiente paso, consistente en darse golpecitos con los dedos en las mismas zonas.

No pude evitar lanzar una pequeña e inofensiva carcajada. Suerte que pude disimularla mirando el móvil, haciendo que era muy interesante aquello que me contaban por Whatsapp en ese preciso instante. Pero es que a falta de una vez, durante el trayecto de una media hora en la que compartimos tren, fueron varias las veces que la mujer repitió el ritual.

A la hora de bajar del tren, su protocolo de belleza aún no había terminado. Antes de que las puertas se abriesen en nuestro destino, se miró a través del cristal para retocarse el carmín de los labios y asegurarse de que estaba perfecta. Me constaba que alguien le esperaba en la estación, aunque mi información no alcanzaba a saber quién, pero probablemente, esa, o esas personas, no eran el motivo de su comportamiento.

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Un trayecto de camino a casa sirve para mucho. Y está claro que entre esas miles de cosas, tiene cabida el no perder ni por un momento el sentido de la coquetería. No importa la edad que se tenga… lo principal es estar perfecta en el momento que sea.

Single ladies’ night

Es una noche de sábado de pleno invierno. Al termómetro le cuesta llegar a positivo y después de tantos años de salir y entrar sin importar nada, parece que quedarse bajo las mantas no es tan mala opción. Pero por otro lado piensas, ¡qué porras! si no lo hago ahora, sí que no lo haré cuando sea la ciática, un bebé que llora o toda una vida la que no me permita salir de casa.

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Entonces coges a tus amigas y dices que sí, que hoy toca noche de chicas y hay que pasárselo bien. El lugar no importa, porque la compañía es la que cuenta, y porque mientras haya cerveza, todo apunta que la fiesta estará asegurada.

Con todos los ingredientes puestos sobre la mesa, sólo queda cocinarlos; y allá que vais. Risas, confesiones, más risas, alguna broma pesada, de nuevo más risas, alguna que otra pullita… la noche marcha y vosotras solo queréis disfrutar.

Las cervezas han sido muy buen punto de partida pero la noche es joven y ya toca pasar a las copas. Esta la pago yo, la siguiente tú… porque sí, habrá una siguiente. Hoy no es día de preocuparse, y menos de mirar la cartera.

La pista de baile es para vosotras. Recordar todos y cada uno de los veranos juntas a lo largo y ancho de toda la costa mediterránea mientras suenan los éxitos de esos años. La vena “reggetonera” os ha abducido por completo y esto ya es un no parar. No importan las miradas, el qué dirán del de al lado, es vuestro momento y hay que disfrutarlo aunque vuestros movimientos sean más parecidos a los de un pájaro en celo que los propios vistos en una pista de baile. Es una gran noche y hay que inmortalizarla. Que el selfie tampoco falte. Incluso con morritos, ¡venga!

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Ya habíamos dicho que habría otra ronda. Esta vez con chupito incluido, que el camarero ha visto vuestras intenciones de esa noche y no se ha podido resistir a poner la guinda del pastel. ¡Y qué guinda! Los pesados de al lado empiezan a tener su encanto, si alguna aún no se atrevía a darlo todo en la pista, este es su momento de subirse a la tarima y así, sin daros cuenta, volvéis a vuestros años de locura y desenfreno universitario.

Os volvéis todas las reinas de las relaciones públicas, las unas con unos, las otras con otros… después de una noche sin despegaros, de pronto no sois capaces de encontraros; ni por el móvil, ni dando cien vueltas a la pista, ni haciendo señales de humo… las luces de la discoteca empiezan a encenderse. Es hora de volver a casa.

No estáis muy seguras de cómo habéis llegado, pero los rayos de luz que entran por vuestra ventana el domingo a las dos de la tarde confirman que lo hicisteis sanas y salvas. Es ahora cuando compruebas que no le falta nada a tu cartera y que tu ropa solo tiene unos cuantos lamparones que el paso por la lavadora podrá solucionar. Después de quitaros los restos de maquillaje que han dormido con vosotras, una ducha de agua fría y un ibuprofeno, es hora de coger el móvil y comentar la jugada.

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Tras los pasos de rigor para sobrellevar con “dignidad” la resaca, volvéis a la cama porque es el único sitio en el que encontráis estabilidad (física y mental). Y estáis listas para escuchar todas esas historias de anoche en las que no estuvisteis presentes y en las que sí, pero que unas copas de más no os permiten recordar. Llegó el momento de las lamentaciones, de sentir la vergüenza que anoche se fue de fiesta por su cuenta y que os hizo rememorar épocas en las que bebíais Malibú con piña. No sabéis si reír o llorar…

En realidad sí. Os quedáis con la primera opción, porque a pesar de consideraros mayorcitas para lo que ocurrió la noche anterior, no os podéis quitar la sonrisa de la cara. Total, una vez al año no hace daño ¿verdad?

 

De puño y letra

Hoy maldigo el día que se inventó el sms, el Messenger, las redes sociales y el Whatsapp. ¿Por qué no olvidarnos de todo ello por un momento? Y volver. Volver a coger papel y lápiz y hacer lo mismo que frente a un ordenador pero teniendo esa sensación del bolígrafo haciendo llaga en tu dedo corazón, de esas manchas de tinta por toda la mano, y ese malestar en la muñeca después de haber estado un buen rato dando rienda suelta a tu imaginación.

Buscando en el baúl de los recuerdos he encontrado cartas que empezaron a escribirse hace más de diez años. Cartas escritas de puño y letra, guardadas en un sobre y enviadas con cariño, con dirección postal y un sello, para que el cartero la hiciera llegar a tu casa. Y esto es lo que me ha hecho maldecir por un día las nuevas tecnologías.

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Probablemente resulte irónico decir esto mientras tecleo en mi ordenador el próximo post que publicaré en la red. Pero esas cartas me han traído tantos recuerdos que la melancolía ha llamado a mi puerta con fuerza. Ha hecho renacer mis ganas de volver a recibir una de esas cartas que esperaba con tanta ilusión cada mes.

Releyéndolas durante todo el fin de semana, no sólo he recordado miles de historias que viví, y vivieron las de mi alrededor, en mi adolescencia, no sólo me di cuenta de que sí, todos pasamos por la edad del pavo irremediablemente, sino que me ha venido el recuerdo de esas sensaciones en el momento en el que recibía las cartas. Teniendo en cuenta la ajetreada vida de una adolescente con exámenes, esas cartas de mis amigas llegaban una vez al mes, o incluso cada más tiempo, por eso, cada vez que mi padre decía que había carta para mí, era como un subidón de adrenalina.

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Por supuesto que usábamos el teléfono para contarnos nuestras cosas, e incluso ya teníamos teléfono móvil y éramos aficionadas al sms, pero esas cartas eran algo más. Eran un resumen de todo ese tiempo que habíamos pasado sin vernos y la mejor cuenta atrás para la llegada del próxima verano juntas.

Con los años, estas cartas fueron tomando estilos y colores distintos. Las primeras eran muy elaboradas, a lo mejor con menos contenido, pero con la forma perfectamente cuidada: imágenes, infinidad de colores, dibujos… todo tenía cabida. Pero con los años todos nos volvemos más formales, y esto fue sustituyéndose por una mayor cantidad de hojas en cada sobre, con más historias que contar y más secretos que guardar.

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No dudéis de que nuestro tiempo nos llevaba, pero merecía la pena, ya que esa carta suponía obtener una respuesta a todas tus dudas, conocerías todas las novedades y se expondrían las nuevas preocupaciones a las que tenías que aportar tu granito de arena.

Ese montón de sobres que guardo en una caja desde hace diez años no son sólo cartas, son todo un tesoro que me acompañará durante diez años más, con la única pena de saber que no aumentarán en volumen, ya que hace ya mucho tiempo que recibí mi última carta.

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Supongo que ya no es sólo cuestión de las nuevas tecnologías, sino que la edad ha hecho dejar a un lado esa forma de contar las cosas entre amigas. Pero seguramente, esa afición por escribir desde tan joven, es lo que me ha hecho hoy día seguir plasmando mi vida en el papel, o mejor dicho, en la pantalla del ordenador.

El último tren

Es una tarde soleada de primavera. Estoy sentada en el banco de la estación de tren con los ojos cerrados, dejando que los rayos de sol rocen mis mejillas hasta dejarlas coloradas. Es una sensación tan gratificante que ni siquiera me entero de que el tren acaba de pasar. No importa. No tengo prisa y quiero disfrutar de ese momento. En unos minutos llegará otro tren que podré coger.

De pronto ya no noto ese calor en los párpados e instintivamente abro los ojos para ver qué ocurre. Nada grave, una simple nube se ha interpuesto en el camino y los rayos de sol no llegan con tanta fuerza. Esta nube, que no traía consigo ni una gota de agua, sí me avisa de una cosa. Me ha hecho abrir los ojos y darme cuenta de que de pronto el andén está lleno de gente. Tanta que en el momento en el que llega el tren, todos se amontonan alrededor de las puertas para entrar. Hay tal cantidad de gente, y yo que estaba al final de tal multitud, me quedo una vez más sin cogerlo.

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Sigue siendo pronto, queda mucho tiempo por delante y no pasa nada por esperar un poco más. Solo unas nubes esporádicas no han estropeado el maravilloso día que hace, con lo que yo sigo esperando, esta vez, entreteniéndome con un libro.

El libro no es muy interesante, pero me he propuesto acabarlo y no cesaré en mi intención de seguir leyendo. Parece que la acción está a punto de llegar, mi esperanza está lejos de abandonarme, con lo que tampoco me he molestado en coger el siguiente tren. Este era más grande, y mucho más confortable que los anteriores, pero no me importa, yo solo quería llegar a la parte interesante del libro.

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Tras estar un rato leyendo me he dado cuenta que mis esfuerzos habían sido en vano. No había argumento que valiese la pena entre esas hojas de papel. Una pena haber perdido ese tren tan lujoso y cómodo por algo que dejaba mucho que desear.

La noche empieza a echarse encima, el tiempo apremia y un aire un tanto desagradable se está levantando. Ya poco queda de esa tarde soleada y encima no tengo nada con qué entretenerme hasta la llegada del próximo tren. Ahora pasan cada más tiempo por las horas que son. El viento cada vez sopla con más fuerza y no hay quien esté en el andén, con lo que me resguardaré en la estación.

Ajena a lo que pasa allí fuera, yo estoy tranquila pensando que mi pelo no está ahora alborotado ni que siento esa sensación de frío que se mete en el cuerpo cuando corre el viento. Desde la ventana veo que la gente no piensa igual que yo, ellos han preferido quedarse allí, parecen expectantes, y a pesar de que el tiempo no acompaña, se muestran contentos con su decisión de quedarse en el andén. Tengo cierta curiosidad por su actitud, pero yo estoy cómodamente esperando el tren dentro de la estación, y no me importa cuán maravilloso, intrigante o novedoso es lo que hay allá fuera.

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Mi falta de interés me ha jugado una mala pasada. Si de algo estaba pendiente toda esa gente era del tren que llegaba. Pero no era un tren cualquiera, y por eso no venía por el camino de siempre. Toda esa gente que estuvo allí, al pie del cañón a pesar del viento y la noche que se echaba encima, pudo coger ese tren, yo en cambio, de nuevo me he quedado en tierra.

Ya no qué hacer. He tenido miles de oportunidades para coger el tren, pero unos rayos de sol, terceras personas, un libro aburrido, y un estúpido viento que tampoco hacía tanto mal han impedido que cogiera alguno de ellos. Y yo quería de verdad. Podría quedarme aquí, pero sé que no es lo que quiero.

Claro que igual ahora la cuestión no es lo que yo quiera o no. Porque la pregunta es ¿habrá pasado ya el último tren?

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Peligrosa indiferencia

Eran la combinación perfecta o la mezcla más explosiva, solo dependía de hacia dónde se inclinara la balanza. Es lo que tiene cuando dos personas tan diferentes se juntan, que sus piezas pueden encajar perfectamente o resultar que cada una debe ir en puzles distintos.

El tiempo que pasaban juntas, a solas, hablando de todo y de nada creó un vínculo entre ellas que parecía sólido, tanto como que se podían considerar amigas. De las de verdad. De las que están en las buenas y en las malas. Para pasar un buen rato y pasarse meses sin verse, que en el reencuentro todo seguiría igual. De esas.

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Por muchos años las cosas no cambiaron. Una con sus historias, la otra escuchándolas. Todo iba bien. Una tenía un problema y la otra estaba ahí. Siempre ahí. Incluso en la distancia estaba más cerca que cualquiera en su misma sala. Pero ese era el problema. Siempre era una la que estaba para la otra. ¿Y viceversa? Bueno, parece que también. Costaba más verse, pero es lo que tiene ser impulsiva y pedir las cosas a gritos o callarlos hasta que alguien te los saca de lo más profundo del alma. Como decía, todo iba bien.

Pero de pronto todo se volvió del revés. La distancia, que no había sido un problema, resultó serlo una vez que de nuevo sólo unos pasos las separaban. ¿Fue el egoísmo, la dejadez, los malentendidos, terceras personas? Un poco de todo y un mucho de algo hicieron que se separan. Una gota que colmó el vaso haciendo que éste no sólo derramara su líquido, si no que hasta él mismo se hizo pedazos.

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Silencio. Tras esta ruptura es lo que quedó. Un largo periodo en el que no hubo nada. Ni buenas ni malas palabras  entre ellas. Como mucho, cortesía. El egoísmo (una vez más), la vergüenza, la falta de valor, el rencor… les llevaron a este punto. Pero de nuevo esta etapa acabó. De nuevo algo encendió la llama y tras meses de nada saltaron fuegos artificiales. Pocas cosas quedaron por decirse. Por no decir ninguna. La cortesía ese día se había tomado vacaciones y fueron la sinceridad, la rabia y las malas formas quienes la sustituyeron. ¿Y ahora qué? Después del desahogo ¿todo volvería a la normalidad? Ya era demasiado tarde para eso. Pero se podía intentar.

Hubo intentos. Pequeñas muestras que hacían dar un paso al frente, pero no lo suficientemente grande como para llegar a la meta. Sin embargo, otra vez el tiempo ayudó hasta tal punto que parecía que ya todo está olvidado. Aún así, hablábamos de amistad, de la verdad, y eso ¿dónde queda?

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Pregunta que aún no ha encontrado su respuesta tras batallas en las que han habido varios vencedores, pero no claros ganadores. Una guerra en la que han jugado todos. El orgullo y la amistad, la rabia y la sensatez, el rencor y el perdón… todos buscando el papel protagonista pero alcanzando sólo el secundario… sólo esperemos que la indiferencia no quiera entrar pronto en escena.

 

El sol de mi vida

Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Pero en mi caso me di cuenta de lo que había perdido cuando lo había recuperado de nuevo. Son esas cosas que están tan implícitas en tu día a día que no te das cuenta de que están ahí, ni siquiera cuando se van. Sin embargo, de pronto un día te deja a ciegas en pleno invierno, cuando el termómetro no supera los cinco grados, y te das cuenta de que estuviste más de medio año sin que esto te ocurriera.

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Se me había olvidado lo que era el sol de Madrid. Incluso en invierno, cuando no calienta tanto como en una tarde de verano, en la que hasta el asfalto pide un poco de compasión. Ya no recordaba, que aquí, en mi ciudad de siempre, las gafas de sol no se guardan en todo el año. De vez en cuando se oculta un poco más porque las nubes ese día han decidido que quieren el protagonismo, pero desde que dejamos atrás el verano, son muchas las veces que el sol ha salido a saludarnos y darnos ese empujoncito que nos hace falta cada mañana para salir a la calle.

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Vivir en un país donde el cielo era gris a todas horas me ha hecho valorar lo que tengo aquí. Durante el tiempo que estuve fuera no me parecía tan malo lo que veía tras mi ventana, quizá porque suplía esa falta con otros encantos que encontraba por la ciudad, pero ahora que el sol me ciega cada vez que voy a trabajar, me doy cuenta del privilegio que tenía en casa.

Ver el cielo despejado, nubes blancas que no frenan el paso de los rayos del sol, ese calorcito que sientes en plena época invernal si permaneces quieta durante unos minutos en el mismo sitio… eso,  hace que el día se lleve mejor, y definitivamente, hace que nuestro ánimo esté siempre en positivo.

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Toda la vida a mi lado, toda la vida disfrutando de él, pero ha sido ahora cuando más lo he valorado, cuando más me ha sorprendido al estar ahí día tras día, acompañándome hasta en las tardes más frías, dándome esa luz que hace que todo se vea más claro, más soleado.

Tiempo

El tiempo. Falta cuando más lo necesitas y sobra cuando menos te importa.

El tiempo es tiempo. Con un principio y un fin.

Ver pasar el tiempo suma y resta al mismo tiempo. Suma días vividos y resta a los que nos quedan por vivir.

Nos ahogamos por falta de tiempo y daríamos lo que fuera por ver pasar las manecillas del reloj a la velocidad del rayo.

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El tiempo apremia cuando las cosas son importantes, cuando las queremos para antes de ayer, pero parece no importar cuando no hay intereses importantes de por medio.

Tu tiempo es más importante que el mío y nunca entenderás por qué lo desperdicio dedicándome a eso. Yo tampoco nunca comprenderé por qué tu lo empleas en eso otro.

El tiempo es lo que cura todo pero con el tiempo hay heridas que nunca se cierran.

Dedicar mucho tiempo a una cosa supone que falte para muchas otras. Pero siempre hay tiempo para todo.

El paso del tiempo nos hace viejos. Nos hace sabios.

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Sin ti, el tiempo parece no correr. Contigo se pasa volando.

Hacemos estupideces para matar el tiempo. Luego nos tocará correr para llegar a tiempo.

El tiempo es oro.

El tiempo es relativo.

¿Qué es el tiempo?

Ya no queda ilusión… ¿o sí?

Ni Sus Majestades los Reyes Magos consiguieron nunca que me levantara al alba un día de fiesta, pero eso no significaba falta de emoción. Todo lo contrario. Los sueños de esa noche eran más intensos que nunca, porque eran un reflejo de lo que estaba por llegar. A la hora de la verdad no había escenarios extraños ni circunstancias que hacían del día algo sacado de una película de ficción, pero la emoción seguía presente.

Quizás descubrir que hay detrás del día seis de diciembre es el primer golpe de madurez que recibe un niño. La inocencia deja de ser algo intrínseco en nosotros y pasa a ser una cualidad que poco a poco se irá desvaneciendo cuando descubres que no son Melchor, Gaspar y Baltasar quienes se han comido los dulces y refrigerios que preparaste con ahínco y esmero la noche del cinco de enero.

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Pero hasta que este día llega todo es magia el Día de Reyes y su víspera. Sobre todo su víspera. La tarde anterior tenía un aura especial. El olor a roscón en casa, la espera en la acera de la calle para ver pasar la cabalgata, jugar con los amigos y hablar de lo que esperábamos encontrarnos en el salón de casa al día siguiente. Igual a la hora de hacer los deberes nos costaba coger papel y boli, pero para la carta a los Reyes Magos no. Da igual lo bueno o malo que fueras en redacción, todos teníamos la nuestra y la habíamos llevado al buzón con tiempo suficiente para que llegara a Oriente en el momento indicado. El cinco de enero todos estábamos orgullosos de lo que escribimos en ella y tratábamos de buscar la nuestra entre los miles de sobres que ese día veíamos por todos lados. Costaba creer que solo tres personas pudieran leer todo aquello, pero sabíamos que si alguien podía hacerlo, sin duda, eran ellos.

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Sólo una vez al año limpiabas tus zapatos, y sin duda era esa noche en la que los Reyes Magos visitaban tu casa, cuando te ocupabas de tal menester. Por un lado los de papá y mamá, por otro el tuyo y los de tus hermanos. Todos en perfecta armonía y posición estratégica para que hubiera hueco suficiente alrededor para colocar los regalos.

Me encantaría volver a ese momento y ver mi propia cara en el instante en el que mi padre abría la puerta del salón, la cual había sido cerrada a cal y canto la noche anterior para que a nadie se le ocurriera entrar antes de tiempo. Y volver a vivir junto a mi yo de hace años el sentimiento de romper el papel de regalo e ir descubriendo aquello que había pedido y todo lo demás que fue sorpresa pero que igualmente me encantó.

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Me gustaría volver a vivirlo todo como hace años. Pero ya no soy esa niña, ya no hay esa ilusión. O si. Porque aún sigo dejando cada 5 de enero mi zapato limpio en mi salón. Y lo seguiré haciendo.

Los no propósitos de Año Nuevo

Termino el 2014 en positivo. He de reconocer que ha sido un buen año y como quiero entrar en 2015 con ganas, paso de hacer propósitos de año nuevo. Sinceramente, todos sabemos que no los vamos a cumplir por mucho que la víspera del día 1 de enero estemos auto convenciéndonos de que sí que lo conseguiremos. Por eso, para seguir en positivo, me he propuesto hacer una lista de los no propósitos. Es más fácil cumplir lo que no se va a hacer que lo que sí. Así me sentiré mejor conmigo misma; que para eso es por lo que nos empeñamos cada año en mejorar y hacer cosas que hasta ahora no nos habíamos planteado.

No voy a empezar a fumar. A la inversa es el propósito por excelencia de todo fumador, pero yo llevo toda mi vida sin ser esclava de este vicio, y ten por seguro que no lo seré en este 2015. Qué fácil es esto.

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No voy a discutir por tonterías. Me aburren soberanamente las discusiones sobre temas banales. Las mujeres somos muy dadas a sacar puntilla a los problemas y a las disputas más pequeñas, y hacer de un grano una montaña, y yo ya paso; de hecho hace tiempo que empecé y seguiré por este camino. En estos casos, tenemos que aprender mucho del género masculino; hay que reconocerlo.

No me voy a poner a dieta. No lo necesito (¡qué vivan las carnes flácidas!), y qué porras, la vida es demasiado corta como para estar contando calorías. Descubrir nuevos sabores, restaurantes, las comidas de mamá, son pequeñas cosas que dan felicidad a la vida, y ésta sí que escasea, con lo que no hay que perder ninguna oportunidad de alcanzarla.

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No voy a ir al gimnasio. Siempre he sido más de deportes en equipo o de correr al aire libre, y nunca me ha llamado la atención lo del gimnasio. Vale que puede que haya muy buenas vistas, pero como tampoco me atraen los tíos que quieren más a sus musculitos que cualquier otra cosa sobre el planeta, no seré de esas que llenen las arcas de estos lugares para aparecer dos veces en el año.

No haré más listas de propósitos. Ha quedado claro que no me va esto. No es que no me guste ponerme metas en la vida, ni mucho menos, pero este tipo de listas que se hacen para calmar un poco la conciencia cuando llega fin de año, que es cuando nos damos cuenta de las muchas cosas que hemos dejado por hacer, no sirven para nada.

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Y para terminar, tonterías aparte, un propósito no pero sí un deseo, que poco a poco las cosas nos vayan mejorando a todos y que este 2015 sea un año que recordemos dentro de doce meses con cariño y buenos momentos.