No importa la edad

Como cada tarde, cogí el tren para volver a casa. Conseguí sentarme en uno de los asientos que me gustan. Individual, mirando en la dirección del tren y pegado a la ventana. Por fin pude deshacerme de mis bultos y acomodarme para un nuevo viaje de vuelta a casa. Ese día alguien se sentó enfrente de mí; y dirás, bueno, una persona más, como cualquier pasajero con el que te encuentras en un tren (¡menuda novedad!); y así es, pero a mí me llamó la atención.

train-569323_640

Tenía edad para fardar de privilegio de abuela, pero sin duda era una mujer activa, completamente válida por sí misma y que por nada del mundo se consideraba mayor.

Yo estaba enfrascada en mi libro, pero no pude evitar ver lo que mi compañera de viaje estaba haciendo en ese momento. De su bolso sacó una caja que por su color rosado, forma, y tipografía que anunciaba el producto, todo apuntaba a que se trataba de algún cosmético, perfume o algo similar.

Cuando lo sacó de su envoltorio, una sonrisa se dibujó en mi cara, ya que de la caja apareció un tarro que me trasladó a la época en la que mi madre me curaba las heridas con ese líquido rojo intenso al que llamábamos mercromina. Éste era igual, más bien a mi me lo pareció así, pero claramente en su interior no contenía lo mismo.

medicine-415397_640

Me quedé extrañada unos minutos pensando qué era aquello, pero pronto se despejaron (relativamente) mis dudas. La mujer abrió el bote cogiendo una especie de cuentagotas el cual estaba impregnado de ese líquido que contuviera y empezó a esparcírselo por el cuello; más concretamente en la zona de la papada. Una vez aplicado dicho ungüento, procedió al siguiente paso, consistente en darse golpecitos con los dedos en las mismas zonas.

No pude evitar lanzar una pequeña e inofensiva carcajada. Suerte que pude disimularla mirando el móvil, haciendo que era muy interesante aquello que me contaban por Whatsapp en ese preciso instante. Pero es que a falta de una vez, durante el trayecto de una media hora en la que compartimos tren, fueron varias las veces que la mujer repitió el ritual.

A la hora de bajar del tren, su protocolo de belleza aún no había terminado. Antes de que las puertas se abriesen en nuestro destino, se miró a través del cristal para retocarse el carmín de los labios y asegurarse de que estaba perfecta. Me constaba que alguien le esperaba en la estación, aunque mi información no alcanzaba a saber quién, pero probablemente, esa, o esas personas, no eran el motivo de su comportamiento.

lips-20188_640

Un trayecto de camino a casa sirve para mucho. Y está claro que entre esas miles de cosas, tiene cabida el no perder ni por un momento el sentido de la coquetería. No importa la edad que se tenga… lo principal es estar perfecta en el momento que sea.

Anuncios

Single ladies’ night

Es una noche de sábado de pleno invierno. Al termómetro le cuesta llegar a positivo y después de tantos años de salir y entrar sin importar nada, parece que quedarse bajo las mantas no es tan mala opción. Pero por otro lado piensas, ¡qué porras! si no lo hago ahora, sí que no lo haré cuando sea la ciática, un bebé que llora o toda una vida la que no me permita salir de casa.

dog-190292_640

Entonces coges a tus amigas y dices que sí, que hoy toca noche de chicas y hay que pasárselo bien. El lugar no importa, porque la compañía es la que cuenta, y porque mientras haya cerveza, todo apunta que la fiesta estará asegurada.

Con todos los ingredientes puestos sobre la mesa, sólo queda cocinarlos; y allá que vais. Risas, confesiones, más risas, alguna broma pesada, de nuevo más risas, alguna que otra pullita… la noche marcha y vosotras solo queréis disfrutar.

Las cervezas han sido muy buen punto de partida pero la noche es joven y ya toca pasar a las copas. Esta la pago yo, la siguiente tú… porque sí, habrá una siguiente. Hoy no es día de preocuparse, y menos de mirar la cartera.

La pista de baile es para vosotras. Recordar todos y cada uno de los veranos juntas a lo largo y ancho de toda la costa mediterránea mientras suenan los éxitos de esos años. La vena “reggetonera” os ha abducido por completo y esto ya es un no parar. No importan las miradas, el qué dirán del de al lado, es vuestro momento y hay que disfrutarlo aunque vuestros movimientos sean más parecidos a los de un pájaro en celo que los propios vistos en una pista de baile. Es una gran noche y hay que inmortalizarla. Que el selfie tampoco falte. Incluso con morritos, ¡venga!

woman-446710_640

Ya habíamos dicho que habría otra ronda. Esta vez con chupito incluido, que el camarero ha visto vuestras intenciones de esa noche y no se ha podido resistir a poner la guinda del pastel. ¡Y qué guinda! Los pesados de al lado empiezan a tener su encanto, si alguna aún no se atrevía a darlo todo en la pista, este es su momento de subirse a la tarima y así, sin daros cuenta, volvéis a vuestros años de locura y desenfreno universitario.

Os volvéis todas las reinas de las relaciones públicas, las unas con unos, las otras con otros… después de una noche sin despegaros, de pronto no sois capaces de encontraros; ni por el móvil, ni dando cien vueltas a la pista, ni haciendo señales de humo… las luces de la discoteca empiezan a encenderse. Es hora de volver a casa.

No estáis muy seguras de cómo habéis llegado, pero los rayos de luz que entran por vuestra ventana el domingo a las dos de la tarde confirman que lo hicisteis sanas y salvas. Es ahora cuando compruebas que no le falta nada a tu cartera y que tu ropa solo tiene unos cuantos lamparones que el paso por la lavadora podrá solucionar. Después de quitaros los restos de maquillaje que han dormido con vosotras, una ducha de agua fría y un ibuprofeno, es hora de coger el móvil y comentar la jugada.

file0002110782787

Tras los pasos de rigor para sobrellevar con “dignidad” la resaca, volvéis a la cama porque es el único sitio en el que encontráis estabilidad (física y mental). Y estáis listas para escuchar todas esas historias de anoche en las que no estuvisteis presentes y en las que sí, pero que unas copas de más no os permiten recordar. Llegó el momento de las lamentaciones, de sentir la vergüenza que anoche se fue de fiesta por su cuenta y que os hizo rememorar épocas en las que bebíais Malibú con piña. No sabéis si reír o llorar…

En realidad sí. Os quedáis con la primera opción, porque a pesar de consideraros mayorcitas para lo que ocurrió la noche anterior, no os podéis quitar la sonrisa de la cara. Total, una vez al año no hace daño ¿verdad?

 

De puño y letra

Hoy maldigo el día que se inventó el sms, el Messenger, las redes sociales y el Whatsapp. ¿Por qué no olvidarnos de todo ello por un momento? Y volver. Volver a coger papel y lápiz y hacer lo mismo que frente a un ordenador pero teniendo esa sensación del bolígrafo haciendo llaga en tu dedo corazón, de esas manchas de tinta por toda la mano, y ese malestar en la muñeca después de haber estado un buen rato dando rienda suelta a tu imaginación.

Buscando en el baúl de los recuerdos he encontrado cartas que empezaron a escribirse hace más de diez años. Cartas escritas de puño y letra, guardadas en un sobre y enviadas con cariño, con dirección postal y un sello, para que el cartero la hiciera llegar a tu casa. Y esto es lo que me ha hecho maldecir por un día las nuevas tecnologías.

 mailbox-507594_640

Probablemente resulte irónico decir esto mientras tecleo en mi ordenador el próximo post que publicaré en la red. Pero esas cartas me han traído tantos recuerdos que la melancolía ha llamado a mi puerta con fuerza. Ha hecho renacer mis ganas de volver a recibir una de esas cartas que esperaba con tanta ilusión cada mes.

Releyéndolas durante todo el fin de semana, no sólo he recordado miles de historias que viví, y vivieron las de mi alrededor, en mi adolescencia, no sólo me di cuenta de que sí, todos pasamos por la edad del pavo irremediablemente, sino que me ha venido el recuerdo de esas sensaciones en el momento en el que recibía las cartas. Teniendo en cuenta la ajetreada vida de una adolescente con exámenes, esas cartas de mis amigas llegaban una vez al mes, o incluso cada más tiempo, por eso, cada vez que mi padre decía que había carta para mí, era como un subidón de adrenalina.

 girl-495923_640

Por supuesto que usábamos el teléfono para contarnos nuestras cosas, e incluso ya teníamos teléfono móvil y éramos aficionadas al sms, pero esas cartas eran algo más. Eran un resumen de todo ese tiempo que habíamos pasado sin vernos y la mejor cuenta atrás para la llegada del próxima verano juntas.

Con los años, estas cartas fueron tomando estilos y colores distintos. Las primeras eran muy elaboradas, a lo mejor con menos contenido, pero con la forma perfectamente cuidada: imágenes, infinidad de colores, dibujos… todo tenía cabida. Pero con los años todos nos volvemos más formales, y esto fue sustituyéndose por una mayor cantidad de hojas en cada sobre, con más historias que contar y más secretos que guardar.

 old-letters-436503_640

No dudéis de que nuestro tiempo nos llevaba, pero merecía la pena, ya que esa carta suponía obtener una respuesta a todas tus dudas, conocerías todas las novedades y se expondrían las nuevas preocupaciones a las que tenías que aportar tu granito de arena.

Ese montón de sobres que guardo en una caja desde hace diez años no son sólo cartas, son todo un tesoro que me acompañará durante diez años más, con la única pena de saber que no aumentarán en volumen, ya que hace ya mucho tiempo que recibí mi última carta.

 _DSC6999

Supongo que ya no es sólo cuestión de las nuevas tecnologías, sino que la edad ha hecho dejar a un lado esa forma de contar las cosas entre amigas. Pero seguramente, esa afición por escribir desde tan joven, es lo que me ha hecho hoy día seguir plasmando mi vida en el papel, o mejor dicho, en la pantalla del ordenador.

El último tren

Es una tarde soleada de primavera. Estoy sentada en el banco de la estación de tren con los ojos cerrados, dejando que los rayos de sol rocen mis mejillas hasta dejarlas coloradas. Es una sensación tan gratificante que ni siquiera me entero de que el tren acaba de pasar. No importa. No tengo prisa y quiero disfrutar de ese momento. En unos minutos llegará otro tren que podré coger.

De pronto ya no noto ese calor en los párpados e instintivamente abro los ojos para ver qué ocurre. Nada grave, una simple nube se ha interpuesto en el camino y los rayos de sol no llegan con tanta fuerza. Esta nube, que no traía consigo ni una gota de agua, sí me avisa de una cosa. Me ha hecho abrir los ojos y darme cuenta de que de pronto el andén está lleno de gente. Tanta que en el momento en el que llega el tren, todos se amontonan alrededor de las puertas para entrar. Hay tal cantidad de gente, y yo que estaba al final de tal multitud, me quedo una vez más sin cogerlo.

sheep-17482_640

Sigue siendo pronto, queda mucho tiempo por delante y no pasa nada por esperar un poco más. Solo unas nubes esporádicas no han estropeado el maravilloso día que hace, con lo que yo sigo esperando, esta vez, entreteniéndome con un libro.

El libro no es muy interesante, pero me he propuesto acabarlo y no cesaré en mi intención de seguir leyendo. Parece que la acción está a punto de llegar, mi esperanza está lejos de abandonarme, con lo que tampoco me he molestado en coger el siguiente tren. Este era más grande, y mucho más confortable que los anteriores, pero no me importa, yo solo quería llegar a la parte interesante del libro.

bear-422038_640

Tras estar un rato leyendo me he dado cuenta que mis esfuerzos habían sido en vano. No había argumento que valiese la pena entre esas hojas de papel. Una pena haber perdido ese tren tan lujoso y cómodo por algo que dejaba mucho que desear.

La noche empieza a echarse encima, el tiempo apremia y un aire un tanto desagradable se está levantando. Ya poco queda de esa tarde soleada y encima no tengo nada con qué entretenerme hasta la llegada del próximo tren. Ahora pasan cada más tiempo por las horas que son. El viento cada vez sopla con más fuerza y no hay quien esté en el andén, con lo que me resguardaré en la estación.

Ajena a lo que pasa allí fuera, yo estoy tranquila pensando que mi pelo no está ahora alborotado ni que siento esa sensación de frío que se mete en el cuerpo cuando corre el viento. Desde la ventana veo que la gente no piensa igual que yo, ellos han preferido quedarse allí, parecen expectantes, y a pesar de que el tiempo no acompaña, se muestran contentos con su decisión de quedarse en el andén. Tengo cierta curiosidad por su actitud, pero yo estoy cómodamente esperando el tren dentro de la estación, y no me importa cuán maravilloso, intrigante o novedoso es lo que hay allá fuera.

girl-407119_640

Mi falta de interés me ha jugado una mala pasada. Si de algo estaba pendiente toda esa gente era del tren que llegaba. Pero no era un tren cualquiera, y por eso no venía por el camino de siempre. Toda esa gente que estuvo allí, al pie del cañón a pesar del viento y la noche que se echaba encima, pudo coger ese tren, yo en cambio, de nuevo me he quedado en tierra.

Ya no qué hacer. He tenido miles de oportunidades para coger el tren, pero unos rayos de sol, terceras personas, un libro aburrido, y un estúpido viento que tampoco hacía tanto mal han impedido que cogiera alguno de ellos. Y yo quería de verdad. Podría quedarme aquí, pero sé que no es lo que quiero.

Claro que igual ahora la cuestión no es lo que yo quiera o no. Porque la pregunta es ¿habrá pasado ya el último tren?

semeries-102325_640