Los no propósitos de Año Nuevo

Termino el 2014 en positivo. He de reconocer que ha sido un buen año y como quiero entrar en 2015 con ganas, paso de hacer propósitos de año nuevo. Sinceramente, todos sabemos que no los vamos a cumplir por mucho que la víspera del día 1 de enero estemos auto convenciéndonos de que sí que lo conseguiremos. Por eso, para seguir en positivo, me he propuesto hacer una lista de los no propósitos. Es más fácil cumplir lo que no se va a hacer que lo que sí. Así me sentiré mejor conmigo misma; que para eso es por lo que nos empeñamos cada año en mejorar y hacer cosas que hasta ahora no nos habíamos planteado.

No voy a empezar a fumar. A la inversa es el propósito por excelencia de todo fumador, pero yo llevo toda mi vida sin ser esclava de este vicio, y ten por seguro que no lo seré en este 2015. Qué fácil es esto.

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No voy a discutir por tonterías. Me aburren soberanamente las discusiones sobre temas banales. Las mujeres somos muy dadas a sacar puntilla a los problemas y a las disputas más pequeñas, y hacer de un grano una montaña, y yo ya paso; de hecho hace tiempo que empecé y seguiré por este camino. En estos casos, tenemos que aprender mucho del género masculino; hay que reconocerlo.

No me voy a poner a dieta. No lo necesito (¡qué vivan las carnes flácidas!), y qué porras, la vida es demasiado corta como para estar contando calorías. Descubrir nuevos sabores, restaurantes, las comidas de mamá, son pequeñas cosas que dan felicidad a la vida, y ésta sí que escasea, con lo que no hay que perder ninguna oportunidad de alcanzarla.

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No voy a ir al gimnasio. Siempre he sido más de deportes en equipo o de correr al aire libre, y nunca me ha llamado la atención lo del gimnasio. Vale que puede que haya muy buenas vistas, pero como tampoco me atraen los tíos que quieren más a sus musculitos que cualquier otra cosa sobre el planeta, no seré de esas que llenen las arcas de estos lugares para aparecer dos veces en el año.

No haré más listas de propósitos. Ha quedado claro que no me va esto. No es que no me guste ponerme metas en la vida, ni mucho menos, pero este tipo de listas que se hacen para calmar un poco la conciencia cuando llega fin de año, que es cuando nos damos cuenta de las muchas cosas que hemos dejado por hacer, no sirven para nada.

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Y para terminar, tonterías aparte, un propósito no pero sí un deseo, que poco a poco las cosas nos vayan mejorando a todos y que este 2015 sea un año que recordemos dentro de doce meses con cariño y buenos momentos.

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Porque lo importante es compartirlo

Es lunes. Suena el despertador porque una vez más hay que madrugar para ir a trabajar. De nuevo maldices el día que Dios creó los lunes. Tienes sueño, estás cansado y estas demasiado calentito en la cama como para sacar si quiera un pie. Pero toca hacerlo. Y lo consigues. Y de pronto miras el calendario y te das cuenta de que no es un lunes cualquiera. Hoy hay algo en lo que pensar, por lo que ilusionarse y compartir. Es 22 de diciembre.

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Los niños de San Ildefonso están preparados con sus trajes de niños buenos y calentando sus gargantas para cantar. Todo está listo desde primera hora de la mañana. Las bolas en los bombos, la gente entrando en la sala. Un año más se celebra el sorteo de Navidad. Televisión Española lo retrasmite desde el minuto uno. Su audiencia este día consigue un pico importante (todos en algún momento encendemos la tele).

Llevas semanas hablando de la lotería, comprándola y haciendo planes, por si este año, por fin, te llevas El Gordo. Te has gastado un dineral que posiblemente no recuperes, porque la Lotería de Navidad es de la que más se compra, pero la que menos toca también. La participación del equipo de fútbol de los niños, el décimo con la familia, con los amigos de toda la vida, el del trabajo… Lo importante es tener de todos, no vaya a ser que le toque al de al lado y tú te quedes sin nada.

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No sabes muy bien qué números llevas pero las bolas y los premios se empiezan a cantar. Lo último que se pierde es la esperanza, con lo que quieres que El Gordo salga lo más tarde posible. Aparecen algunos segundos y terceros premios, y por un lado te alegras de que no sean tú número, porque aún puede haber premio mayor. Ya empiezas a “whatsapear” a la gente, para ver si a alguien ya le ha caído algo, mientras sueñas con que esta vez seas tú el que descorche la botella de champán a las puertas de la administración correspondiente.

Y de pronto llega el afortunado. Uno de los niños de San Ildefonso dice un número, al otro se le iluminan los ojos mientras se prepara para decir “¡¡¡4 millones de euroooooos!!!”. Ya está. No importa lo que quede después, ya todo el mundo hablará de ese número. Unos pocos serán los afortunados mientras que el resto pensamos que otro año será.

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Los telediarios abren con la noticia, en los pasillos de la oficina ya solo se habla de eso y en los grupos de WathsApp más de lo mismo. Otro año que te quedas sin nada (o como mucho, alguna pedrea). Una vez más te prometes que es la última vez que te gastas tal dineral en lotería, “total ¿para qué?, si no toca nunca”.

Antes de decir lo que estás pensando sabes que no lo cumplirás. El año que viene pasará lo mismo, y volverás a comprar Lotería de Navidad. Porque dicen que lo importante es compartirlo ¿no?

La parada del bus

El otro día vi como el autobús pasaba delante de mis narices sin tener opción a correr y llegar a él a tiempo. No cargada con el bolso, el ordenador portátil (no sé quién inventó ese nombre) y botas de tacón. Total, que desde el primer momento asumí que llegaría tarde al trabajo (solo diez minutos, pero para mí eso es tarde). Podría decirse que no empecé bien el día, pero sin embargo, este hecho me hizo reencontrarme con alguien a quien hacía mucho tiempo que no veía, y fue una grata sorpresa. Al ocurrir esto en la parada del bus no pudimos alargar mucho (como a mí me gusta) la conversación – el siguiente bus ya sí que no lo podía perder – pero pudimos ponernos un poco al día y prometernos que nos veríamos pronto.

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He llegado hasta a compartir pupitre con esta persona en mi época de adolescencia y aunque no lo hacíamos ya en la universidad, sí estudiábamos bajo el techo de la misma facultad. Pero nuestros caminos poco a poco se fueron separando. Nuestros gustos, aspiraciones en la vida, nuestras rutinas… hicieron que de vernos casi a diario pasáramos a hacerlo de vez en cuando hasta llegar el punto de pasar meses sin cruzarnos. Y como la última vez, estos encuentros siempre ocurrían en la parada del bus. Un lugar efímero, donde pasamos solo unos minutos esperando a quien nos llevará hasta nuestro próximo destino; con otra gente, con otra vida.

Éramos buenas amigas, muy diferentes por fuera y por dentro, pero había algo que nos unía. Hemos reído mucho juntas, tenemos historias para recordar siempre y aunque nunca hemos sido íntimas, ha habido cariño entre nosotras. No nos llamamos, ni nos escribimos, pero ambas nos alegramos de vernos cada vez que lo hacemos. Y es que hay relaciones que son así. Simples, sin complicaciones; pero buenas.

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Dije al principio que hablamos de vernos y ponernos al día tranquilamente… no sé si lo cumpliremos, porque no es la primera vez que lo decimos, pero al menos, sé que siempre nos quedará la parada del bus.

A los 25

Visto fríamente es un cuarto de siglo, un matrimonio consolidado o un motivo de burla (siempre hay un gracioso que la suelta, sí). Pero más allá de eso, 25 años dan para mucho. Desde nacer, crecer, madurar y hasta empezar a creer que uno se va haciendo mayor.

A los 25 aún te acuerdas, como si hubiera sido ayer, de quién era tu amigo de la infancia y cómo te peleabas con tus hermanos por acaparar el mando de la televisión, o el juguete de moda de esa semana. Recuerdas todas las canciones de Disney, y las performance que montabas, así como el primer tortazo que te dio tu padre.

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Aún te parece cercano el cambio del colegio al instituto (eso sí que era un cambio en toda regla) y aún te cuesta asumir que hasta la época de la universidad ha llegado a su fin. A los 25 las resacas se hacen más largas y las fiestas más cortas. Más bien menos continuas. Tampoco hace ya falta inmortalizar gráficamente todo momento y compartirlo en el ya olvidado Tuenti.

A los 25 empiezas a echar de menos las absurdas aspiraciones que tenías a los 18 y te ríes de cuando contabas los días para llegar a la mayoría de edad. A los 25 empiezas a alegrarte de que te echen unos cuantos años de menos y no sabes muy bien en que bares/discotecas te toca alternar.  A estas alturas ya no hay que darle importancia al qué dirán y no te riges por esas leyes no escritas (pero que había que cumplir) de qué se lleva y/o hace y que no, tan vital en tu época de la edad del pavo.

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A los veinticinco ya empiezas a sorprenderte de cómo crecen de rápido las cuatro o cinco generaciones posteriores a la tuya y hablas de ellos como si ya fueran generación perdida.  Te sorprenden sus formas de mirarte por encima del hombro y hasta cómo su lenguaje ha degenerado mientras tú empiezas a cuidar el tuyo. Hasta por Whatsapp procuras no cometer faltas de ortografía ni pasarte con las abreviaturas.

A los veinticinco seguramente ya te hayas enamorado, o al menos tú estás convencido de ello. También hay muchas posibilidades de que te hayan, o hayas, roto algún que otro corazón. Incluso a los 25 ya te crees con poder de dar consejos sobre estos temas y mirar hacia tu adolescencia, cuando creías haber encontrado el amor de tu vida, y burlarte de todo lo que hiciste y dijiste por aquella persona.

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A los 25 ya has pasado por el dilema de qué hago con mi vida. Te habrás enfrentado a más de una entrevista de trabajo y sabrás lo que significa que te den con la puerta en las narices. Puede que hasta más de una o dos veces.

Seguramente, has vivido en más de un lugar y país, aunque sea por poco tiempo. Ya sea durante ese verano que tus padres te mandaron a Irlanda en contra de tu voluntad (pero que les agradecerás eternamente), o a Estados Unidos para cursar alguno de los últimos años del instituto. O mejor aún, durante ese Erasmus que cambió tu vida. También has podido formar parte de la fuga de cerebros, tan de moda últimamente pero que en cierta forma siempre ha existido.

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A los 25 ya te habrás sacado el carné de conducir (ya sea a la primera o a la quinta), y le has dado algún que otro golpecillo al coche de tus padres; habrás perdido a más de un ser querido, y ya contarás con tu tarjeta, al menos, de débito. Habrás acudido a unas cuantas bodas, puede que incluso de amigos, y se te habrá pasado por la cabeza lo que significaría ser padre.

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A los 25 te preguntas si en el próximo cuarto de siglo llegarás a vivir tanto.