Ya no queda ilusión… ¿o sí?

Ni Sus Majestades los Reyes Magos consiguieron nunca que me levantara al alba un día de fiesta, pero eso no significaba falta de emoción. Todo lo contrario. Los sueños de esa noche eran más intensos que nunca, porque eran un reflejo de lo que estaba por llegar. A la hora de la verdad no había escenarios extraños ni circunstancias que hacían del día algo sacado de una película de ficción, pero la emoción seguía presente.

Quizás descubrir que hay detrás del día seis de diciembre es el primer golpe de madurez que recibe un niño. La inocencia deja de ser algo intrínseco en nosotros y pasa a ser una cualidad que poco a poco se irá desvaneciendo cuando descubres que no son Melchor, Gaspar y Baltasar quienes se han comido los dulces y refrigerios que preparaste con ahínco y esmero la noche del cinco de enero.

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Pero hasta que este día llega todo es magia el Día de Reyes y su víspera. Sobre todo su víspera. La tarde anterior tenía un aura especial. El olor a roscón en casa, la espera en la acera de la calle para ver pasar la cabalgata, jugar con los amigos y hablar de lo que esperábamos encontrarnos en el salón de casa al día siguiente. Igual a la hora de hacer los deberes nos costaba coger papel y boli, pero para la carta a los Reyes Magos no. Da igual lo bueno o malo que fueras en redacción, todos teníamos la nuestra y la habíamos llevado al buzón con tiempo suficiente para que llegara a Oriente en el momento indicado. El cinco de enero todos estábamos orgullosos de lo que escribimos en ella y tratábamos de buscar la nuestra entre los miles de sobres que ese día veíamos por todos lados. Costaba creer que solo tres personas pudieran leer todo aquello, pero sabíamos que si alguien podía hacerlo, sin duda, eran ellos.

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Sólo una vez al año limpiabas tus zapatos, y sin duda era esa noche en la que los Reyes Magos visitaban tu casa, cuando te ocupabas de tal menester. Por un lado los de papá y mamá, por otro el tuyo y los de tus hermanos. Todos en perfecta armonía y posición estratégica para que hubiera hueco suficiente alrededor para colocar los regalos.

Me encantaría volver a ese momento y ver mi propia cara en el instante en el que mi padre abría la puerta del salón, la cual había sido cerrada a cal y canto la noche anterior para que a nadie se le ocurriera entrar antes de tiempo. Y volver a vivir junto a mi yo de hace años el sentimiento de romper el papel de regalo e ir descubriendo aquello que había pedido y todo lo demás que fue sorpresa pero que igualmente me encantó.

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Me gustaría volver a vivirlo todo como hace años. Pero ya no soy esa niña, ya no hay esa ilusión. O si. Porque aún sigo dejando cada 5 de enero mi zapato limpio en mi salón. Y lo seguiré haciendo.

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