A los 25

Visto fríamente es un cuarto de siglo, un matrimonio consolidado o un motivo de burla (siempre hay un gracioso que la suelta, sí). Pero más allá de eso, 25 años dan para mucho. Desde nacer, crecer, madurar y hasta empezar a creer que uno se va haciendo mayor.

A los 25 aún te acuerdas, como si hubiera sido ayer, de quién era tu amigo de la infancia y cómo te peleabas con tus hermanos por acaparar el mando de la televisión, o el juguete de moda de esa semana. Recuerdas todas las canciones de Disney, y las performance que montabas, así como el primer tortazo que te dio tu padre.

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Aún te parece cercano el cambio del colegio al instituto (eso sí que era un cambio en toda regla) y aún te cuesta asumir que hasta la época de la universidad ha llegado a su fin. A los 25 las resacas se hacen más largas y las fiestas más cortas. Más bien menos continuas. Tampoco hace ya falta inmortalizar gráficamente todo momento y compartirlo en el ya olvidado Tuenti.

A los 25 empiezas a echar de menos las absurdas aspiraciones que tenías a los 18 y te ríes de cuando contabas los días para llegar a la mayoría de edad. A los 25 empiezas a alegrarte de que te echen unos cuantos años de menos y no sabes muy bien en que bares/discotecas te toca alternar.  A estas alturas ya no hay que darle importancia al qué dirán y no te riges por esas leyes no escritas (pero que había que cumplir) de qué se lleva y/o hace y que no, tan vital en tu época de la edad del pavo.

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A los veinticinco ya empiezas a sorprenderte de cómo crecen de rápido las cuatro o cinco generaciones posteriores a la tuya y hablas de ellos como si ya fueran generación perdida.  Te sorprenden sus formas de mirarte por encima del hombro y hasta cómo su lenguaje ha degenerado mientras tú empiezas a cuidar el tuyo. Hasta por Whatsapp procuras no cometer faltas de ortografía ni pasarte con las abreviaturas.

A los veinticinco seguramente ya te hayas enamorado, o al menos tú estás convencido de ello. También hay muchas posibilidades de que te hayan, o hayas, roto algún que otro corazón. Incluso a los 25 ya te crees con poder de dar consejos sobre estos temas y mirar hacia tu adolescencia, cuando creías haber encontrado el amor de tu vida, y burlarte de todo lo que hiciste y dijiste por aquella persona.

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A los 25 ya has pasado por el dilema de qué hago con mi vida. Te habrás enfrentado a más de una entrevista de trabajo y sabrás lo que significa que te den con la puerta en las narices. Puede que hasta más de una o dos veces.

Seguramente, has vivido en más de un lugar y país, aunque sea por poco tiempo. Ya sea durante ese verano que tus padres te mandaron a Irlanda en contra de tu voluntad (pero que les agradecerás eternamente), o a Estados Unidos para cursar alguno de los últimos años del instituto. O mejor aún, durante ese Erasmus que cambió tu vida. También has podido formar parte de la fuga de cerebros, tan de moda últimamente pero que en cierta forma siempre ha existido.

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A los 25 ya te habrás sacado el carné de conducir (ya sea a la primera o a la quinta), y le has dado algún que otro golpecillo al coche de tus padres; habrás perdido a más de un ser querido, y ya contarás con tu tarjeta, al menos, de débito. Habrás acudido a unas cuantas bodas, puede que incluso de amigos, y se te habrá pasado por la cabeza lo que significaría ser padre.

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A los 25 te preguntas si en el próximo cuarto de siglo llegarás a vivir tanto.

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